¿Y quién fue Arnaldo Márquez?

La historia de nuestro país está llena de personajes notables, muchos de los cuales han caído en el olvido y la indiferencia del sistema educativo y a consecuencia de ello, son absolutamente desconocidos por las nuevas generaciones. Muchos de sus nombres fueron utilizados en épocas pasadas para bautizar calles, plazas y avenidas, en señal de homenaje. Sin embargo, en la actualidad estos nombres no le dicen nada a nadie y hay muy pocos esfuerzos en recuperar sus contribuciones al pensamiento, la educación y el desarrollo social del Perú. En estas épocas de interacción virtual, sobre estimulación orientada al consumismo y una enorme tendencia a la superficialidad en todo orden de cosas, la información respecto de nuestros personajes puede sonar desactualizada y poco importante. Sin embargo, los grandes pueblos del mundo, modernos y económicamente sólidos, nunca dejan de lado a sus principales figuras y hacen denodados esfuerzos porque sus legados no languidezcan en el pasado sino que sean tomados como inspiración para los tiempos actuales. Hoy aprendamos juntos quién fue Arnaldo Márquez:

José Arnaldo Márquez, (Lima, Perú, 12 de enero de 1832 – Lima, 5 de diciembre de 1903) fue un poeta, dramaturgo, ensayista, maestro, periodista, traductor, diplomático, militar y viajero peruano. También se le recuerda como inventor de una máquina para componer matrices tipográficas, precursora de la linotipia. Representante de la poesía romántica peruana en su vertiente filosófica y social, junto con Luis Benjamín Cisneros.

Supo armonizar el sentimiento individualista romántico con las inquietudes humanitarias de su tiempo y una adhesión a los ideales socialistas, siendo el primer poeta peruano con preocupación social. Tratado injusta y despectivamente por el crítico peruano José de la Riva-Agüero y Osma, su vida y obra fue olvidada y actualmente su nombre solo se evoca en ciertas calles y avenidas de algunos distritos de Lima, como el de Jesús María.

Estudió en el Convictorio de San Carlos, donde destacó. Todavía alumno, dio al estreno sus propias piezas dramáticas, tituladas La bandera de Ayacucho, Pablo o La familia del mendigo (1849) y La cartera del ministro. Además, editó el semanario La Semana (que llegó a los 10 números: del 17 de septiembre al 6 de diciembre de 1851).

Luego se enroló en el ejército, destacando hasta ser ascendido a sargento mayor de infantería y nombrado segundo ayudante del Estado Mayor General (1854). Llegó a ser secretario del presidente José Rufino Echenique, pero tras el derrocamiento de este, luego de su derrota en la batalla de La Palma (5 de enero de 1855), pasó al destierro a Chile, poniendo así fin a su carrera militar. Desahogó aquel revés escribiendo el poema La Ramoniada, sátira contra el general Ramón Castilla, el triunfador de la guerra civil y nuevo Presidente del Perú.

En 1864, al vislumbrarse la amenaza española hacia los países de la costa sur del Pacífico americano, Márquez, por propia decisión y sin la autorización de su gobierno, mandó construir en Nueva York dos barcos de guerra para implementar la flota de guerra de su país. Sin embargo, fue desautorizada por el gobierno de Juan Antonio Pezet y relevado de su función consular.

Retornó a Lima, donde el nuevo gobierno encabezado por el coronel Mariano Ignacio Prado lo nombró oficial primero del Ministerio de Gobierno. Simultáneamente editó la revista El Cosmorama, labor que interrumpió al ser nombrado cónsul general en Nueva York (13 de mayo de 1867). En esta ocasión le tocó intervenir en los trámites de la adquisición de dos monitores de navegación fluvial para la escuadra peruana, que fueron bautizados como Manco Cápac y Atahualpa. Con el auspicio del gobierno de Manuel Pardo, publicó el periódico El Educador Popular (de 1873 a 1877), desde donde divulgó las aplicaciones prácticas de las ciencias modernas.

Por aquellos años, se dedicó con empeño en un proyecto de una máquina para componer matrices tipográficas, a fin de reemplazar el anticuado sistema de la composición por tipos o letras individuales, que databa del siglo XV. Desplegando mucho tiempo, así como recursos económicos a raudales, puso en práctica su invento, claro antecedente de la linotipia. Retornó a Lima e hizo una demostración pública, el 16 de noviembre de 1878. Entre los espectadores se hallaba Manuel Pardo, entonces presidente del Congreso, que le ofreció su apoyo, convencido de lo revolucionario de tal invento, pero fatalmente cayó asesinado poco después.

Márquez estuvo también en España, donde hizo y publicó traducciones de Shakespeare; luego se dirigió a Chile (1886), donde formó parte de la redacción del diario La libertad electoral, y desde Santiago redactó el diario El colono de Angol, ciudad de Araucania. Después pasó a Argentina, donde ejerció la docencia. Aquejado por la nostalgia hacia su patria, retornó a Lima el 2 de abril de 1891.

No obstante, se alejó nuevamente del Perú y viajó a Argentina. Fue profesor en la Escuela Normal de Santa Fe (1896), para cuya biblioteca solicitó el envío de libros peruanos; y, ya próximo a la ceguera, retornó definitivamente a Lima para pasar sus últimos días. Colaboró entonces en forma asidua en el diario El Comercio. Sus últimos días transcurrieron en el Hotel Central, de la calle Palacio, en Lima. Falleció en medio de la pobreza. Una versión familiar cuenta que uno de sus hijos trabajó como linotipista en una imprenta de Valparaíso, ganando apenas para el sustento.

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