Maravillas del Arte Clásico: La Victoria Alada de Samotracia

La Victoria Alada de SamotraciaEs una de las esculturas más famosas de la antigüedad y una de las obras de arte más visitadas del Museo de Louvre, ubicado en el centro de París, capital de Francia. La imponente figura de este ángel femenino, de inmensas alas abiertas que está de pie sobre una embarcación ha generado fascinación entre los amantes del arte clásico durante décadas y aun hoy, en la era de las redes sociales y el entretenimiento permanente, es increíble ver las enormes cantidades de público que intentan fotografiarla, buscando el mejor ángulo para inmortalizar, una vez más, esta imagen fantasmagórica y convertirla en archivo digital para compartir en los modernísimos FanPages de Facebook. Esta escultura de mármol tiene unas características que la hacen inconfundible, aun para quienes no están familiarizados ni con su existencia ni con su nombre o significado: no tiene cabeza ni brazos. ¿Fue así concebida esta obra de la escultura universal o es que el tiempo, los constantes traslados y manipulaciones terminaron por hacer imposible reconstruirla por completo? La Victoria Alada de Samotracia se erige nuevamente (desde el 2014) en una de las amplias escalinatas del Louvre tras algún tiempo internada en complejas labores de restauración, la última de las 3 a las que ha sido sometida desde que fuera encontrada en 1863. Veamos en esta nota, editada de la web XL Semanal, más detalles interesantes respecto de esta maravilla del arte clásico:

Es, junto con la Gioconda (o Monalisa) de Leonardo Da Vinci y la Venus de Milo, la gran estrella del Museo del Louvre de París. Llegó al famoso museo hace 150 años, sin cabeza y con cientos de fragmentos sueltos. Los restauradores han encajado, por fin, muchos de esos pedazos. La gran dama alada griega se muestra más completa -y espléndida- que nunca.

La Victoria Alada de Samotracia representa a Niké, la diosa griega de la victoria. Tiene una altura de 2.45 metros y data aproximadamente del año 190 antes de Cristo. Aunque no se conoce del todo la identidad de su autor, se trataría de un homenaje a las victorias navales de Demetrio Poliorcetes, rey de Macedonia, Grecia. Samotracia es una pequeña isla griega ubicada al norte del Mar Egeo, cerca de la frontera entre Grecia y Turquía. Fue en ese lugar donde los fragmentos de la imponente escultura fueron hallados hace exactamente 152 años.

No es una piedra lo que aflora en la falda de la colina, sino un hombro. El cuerpo está medio enterrado. “¡Señor, hemos encontrado a una mujer!”, gritan los operarios. El joven vicecónsul francés Charles Champoiseau sonríe. Los campesinos le habían informado bien: la diminuta isla griega de Samotracia está llena de tesoros. Unos pasos más allá, el propio Champoiseau descubre un fragmento de dos metros: el tronco de la mujer, cubierto por un manto.

La bella debía de tener alas, como parecen atestiguar la multitud de fragmentos de plumas que recoge aquí y allá. Busca la cabeza, los brazos. En vano. De esta dama solo queda un cadáver desmembrado cubierto de polvo. La fecha: 15 de abril de 1863. A sus 32 años, Champoiseau acaba de exhumar una de las criaturas más extraordinarias de la Antigüedad. Esculpida en mármol blanco, data de unos 190 años antes de Cristo.

Antaño, al pie de esa misma montaña había un santuario consagrado a los grandes dioses. Se trataba de una religión al margen del culto oficial a las divinidades del Olimpo. Participar en los ritos de Samotracia otorgaba la protección de la Gran Madre, reina de las montañas. Aunque al final de la Antigüedad el lugar quedó abandonado, la leyenda de que la isla escondía maravillosos tesoros sobrevivió. Y su eco, siglos después, llegó a oídos de Charles Champoiseau, que se decidió a investigar por su cuenta.

El primer viaje a la isla no le defrauda. El 15 de septiembre de 1862, Champoiseau solicita un préstamo de dos mil francos para hacer prospecciones. En su carta dice: “Por todas partes hay centenares de columnas quebradas, fustes y capiteles de mármol que indican que los templos cubrían aquel lugar. Los campesinos han desenterrado sepulturas, sarcófagos de piedra y cerámicas. No hay duda de que unas excavaciones serias llevarían al descubrimiento de objetos raros y de gran valor”. El emperador Napoleón III le concede el dinero.

Champoiseau regresa en marzo a Samotracia. Y su recompensa llega con la primavera. El 15 de abril de 1863, en una carta dirigida al embajador de Francia en Constantinopla le anuncia: “He encontrado una estatua de la Victoria alada esculpida en mármol y de proporciones colosales. Desgraciadamente, no he encontrado ni la cabeza ni los brazos. Pero el resto está casi intacto y ha sido labrado con un arte que ninguna de las obras griegas que conozco iguala”.

Champoiseau decide enviar su hallazgo al Louvre. Llega en 1864. Allí, con una barra metálica, los técnicos aseguran el aplomo de la figura. Varios fragmentos rotos son encajados de nuevo, pero el busto -demasiado inestable- no se puede unir y se archiva con el ala izquierda. Años después, en 1875, arqueólogos austriacos realizan nuevas excavaciones en Samotracia. Allí descubren grandes bloques grises que, correctamente ensamblados, representan la proa de un barco de guerra.

Se trata de una pista capital: rápidamente asocian ese descubrimiento con las monedas helenísticas en las que aparece grabada una Victoria de pie sobre la proa de un barco. No hay duda. Estos bloques son la base de la estatua. El conjunto de la obra debía de medir unos cinco metros de alto. Cuando Champoiseau recibe la noticia, despliega todos sus esfuerzos para que los 23 bloques descubiertos sean llevados a París.

Muchos fragmentos de la escultura, demasiado estropeados, nunca han podido ser encajados en la estatua. Como la enorme mano, descubierta en Samotracia en 1950. Otros fragmentos han encontrado, sin embargo, este año su lugar gracias a la restauración. Por ejemplo, una pluma.

¿Qué artista pudo desplegar tanto ingenio para inmortalizar esa belleza? El misterio continúa. “No se trataba de un escultor ordinario, sino de un maestro al que le gustaba desafiar las leyes de la gravedad” -explica Marianne Hasmiaux, una de las comisarias de la restauración-. “Poseía unos conocimientos excepcionales en física de materiales para captar en piedra el breve momento en que la vestimenta movida por el viento se mantiene todavía pegada al cuerpo”.

Una vez recompuesta, la Victoria de Samotracia ha reencontrado su sitio en lo alto de la escalera Daru con toda su majestad. Qué importa si su cara no aparece nunca. Como dijo el pintor francés Paul Cézanne: “Se trata de una idea, de todo un pueblo, de un momento heroico en la vida de un pueblo, el tejido se pega, las alas baten, los senos se inflaman. No necesito ver la cabeza para imaginar su mirada”.

Fuente: XL Semanal (web)

(Visited 107 times, 1 visits today)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *