Óscar Avilés Arcos (1924-2014): Sinónimo de criollismo

Óscar AvilésEl sábado 5 de abril el Perú perdió a uno de sus más grandes artistas populares, portador de una tradición que, a través de los años, difundió y defendió con talento y creatividad. En tiempos en que la música criolla -música de la costa peruana- se moderniza sin orden ni concierto o se concentra en sus aspectos más triviales, como si se tratara solo de un buen pretexto para francachelas y vulgares “chacoteos”, don Óscar Avilés combinaba la elegancia del bordón con el brillo de sus trinos a doble cuerda; la chispa del criollo de antaño con el respeto por la familia, la mujer y el amor al país. Como Chabuca Granda, la gran compositora; Nicomedes Santa Cruz, el maestro de la música negra o los maestros de la música andina que aun nos acompañan, Avilés protegió nuestra música y la cultivó hasta convertirse en sinónimo de un criollismo cuyos representantes, poco a poco, nos van abandonando por la acción y el paso inexorable del tiempo. Sirvan estas líneas para homenajearlo como se debe, desde esta institución de maestros, pues sabemos que su pasión por la música no solo la demostró como intérprete sino también como docente.

Cuenta la leyenda que nació con una guitarra bajo el brazo, aunque en realidad fue su familia la que le inyectó el amor por la música, pues sus padres tocaban varios instrumentos en casa. Desde pequeño, primero dándole al cajón y después con la guitarra, que es otra clase de cajón después de todo, decidió que los uyo era la música, aun cuando al principio tenía que esconderse de sus viejos para practicar. En diversas entrevistas ha contado don Óscar que se ocultaba en el ropero -esos antiguos muebles de las abuelas, en los que cabían hasta tres niños acurrucados- para ir descubriendo la magia de las seis cuerdas.

Cuando en casa se convencieron de que el niño tenía talento, lo inscribieron y becaron en el Conservatorio Nacional de Música, donde aprendió lo académico. Pero el barrio, el callejón y la jarana lo llamaban y luego de dos años de ejercicios y pentagramas, decidió hacerse profesional del canto popular. Desde los 15 años se le vio a Óscar Avilés en los diversos centros musicales de Lima: en La Victoria, en Barrios Altos, en Breña, asimilando los estilos del vals y cocinando en su cabeza una nueva forma de tocarlo.

Su historia y carrera musical son harto conocidas por todo buen amante de la música criolla clásica: Los Morochucos, Conjunto Fiesta Criolla, Chabuca Granda, Alicia Maguiña, Arturo “Zambo” Cavero, La Limeñita y Ascoy, Los Hermanos Zañartu y en el medio, cientos de grabaciones como solista en formaro criollo (guitarra, cajón y castañuelas) o instrumental (junto a orquestas de violines) que lo convirtieron, al decir de muchos, en la Primera Guitarra del Perú.

La autora de La flor de la canela dijo alguna vez que, de no ser por Óscar Avilés, el vals criollo habría “muerto de tun-de-te“, onomatopéyica lectura del tiempo de val, el famoso 3/4 que identifica a las composiciones de Johann Strauss y que sirvió de base para la música criolla nuestra, como adaptación popular de esta música europea. Y es cierto, Avilés cambió la forma de tocar vals criollo con sus bordones, con sus trinares, con sus silencios colocados estratégicamente entre las estrofas, con sus creativas transiciones, escritas y arregladas por él mismo.

Su importancia en el desarrollo del vals, la polka y la marinera limeña es innegable y, sobre todo, medible en logros y producciones discográficas. Más de treinta álbumes con sus diversos conjuntos y como intérprete solista, apariciones en el Perú y en el extranjero, reconocimientos que van desde ser considerado Patrimonio Artístico de América Latina por la Organización de Estados Americanos (OEA) hasta las Palmas Magisteriales de nuestro Ministerio de Educación, lo convierten en símbolo genuino de nuestro arte musical.

Su muerte, comprensible por la avanzada edad que tenía -90 años- deja un vacío muy difícil de llenar en una sociedad que, actualmente regala sus aplausos de manera indiscriminada a personajes de cada vez menor valor artístico. Pero queda para el recuerdo y la inmortalidad su voz, su alegría, su autenticidad y sobre todo, sus acordes inconfundibles.

Los dejamos con esta décima, escrita por un gran amigo y compañero de jarana de don Óscar, Juan Urcariegui García (Lima, 1928-2003):

A los ocho años de edad
pulsa un niño la guitarra
con talento, arte, garra
y con mucha, mucha habilidad.
Su manera de tocar gusta
y convence a la vez,
y algunos años después
alguien pregunta “¿quién toca?”
y le responde mil bocas
“toca Oscar Avilés”

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