In Memoriam: Edgardo Rivera Martínez (1933-2018)

In Memoriam: Edgardo Rivera Martínez (1933-2018)Con el frenesí electorero del último fin de semana, casi nadie reparó en que las letras peruanas -deberíamos decir las olvidadas letras peruanas- acaban de sufrir un nuevo e irreversible golpe, con la desaparición física del narrador huancaíno Edgardo Rivera Martínez, el jueves 4 de octubre, dos semanas después de haber cumplido los 85 años de edad. Hijo predilecto de Jauja, don Edgardo destacó en un universo literario dominado por un centralismo que suele ignorar a la casi totalidad de creadores de la palabra que nacen, viven y trabajan en provincia, abriendo esas exclusivas puertas a unos cuantos, ya sea para dar imagen de "inclusivos" o porque se trata de un talento que de ser tan grande, es imposible pasar por alto. A esa última categoría perteneció Rivera Martínez, poseedor de una imaginación alucinante que combinó con un profundo conocimiento de lo que es, realmente, "ser peruano". Aquí una semblanza breve, a manera de homenaje a su obra y a sus lectores, que cada vez son menos.

Edgardo Rivera Martínez se dio a conocer en la literatura peruana durante la primera mitad de los años sesenta, con unlibro de cuentos titulado El unicornio (1963). Esa misma década estableció su perfil como intelectual preocupado por las raíces del conocimiento, con traducciones de clásicos griegos, y con seria vocación peruanista, a través de sus investigaciones que desentrañaban la visión que tuvieron viajeros franceses en sus visitas al Perú durante los siglos de la Colonia. Su dominio del francés lo convirtió en maestro de la literatura de este país, cátedra que ejerció en su alma mater, San Marcos.

Pasó varios años escribiendo cuentos, al estilo de Ribeyro e Izquiero Ríos, combinando el alma cosmpolita y de erudición del primero con la amplia paleta de atmósferas y colores del saber popular andino, cosmovisión que lo nutrió durante su infancia en Jauja (Huancayo), hermosa provincia de la sierra central donde nació y se crió. Jauja es, como sabemos, una ciudad histórica ya que fue la primera en la que Pizarro y sus huestes pretendieron establecer la capital del Perú -en ese entonces parte de la gobernación de Nueva Castilla- aunque luego de la fundación de Lima en 1535 quedara instalada en la costa por su cercanía estratégica con el puerto del Callao. Jauja también fue, debido a su apacible clima y riqueza agricultural y ganadera, la fuente de una leyenda acerca de una tierra en la que nunca había hambre ni sed por su abundancia. Esta tierra legendaria atravesaría fronteras como el País de La Cucaña o País de Jauja. 

Precisamente ese fue el nombre de su primera novela, publicada en 1993. País de Jauja no es, como podría pensarse a la primera, un libro de historias fantásticas acerca de esa nación inexistente. Es, por el contrario, un relato de descubrimiento personal anclado en una época oscura, la del terrorismo, escrito con maestría y lirismo. Varios connotados críticos y colegas escritores han dicho sobre País de Jauja que se trata de una de las novelas peruanas más importantes de todos los tiempos. Hace poco, en una semblanza sobre el autor publicada en El Comercio, el escritor y periodista Fenando Ampuero manifestó lo siguiente: "Edgardo Rivera Martínez fue un hombre de letras de formación clásica. Se ha ido uno de los escritores imprescindibles de nuestra literatura”.

Además de País de Jauja, Rivera Martínez escribió tres novelas más: Libro del amor y las profecías (1999), Diario de Santa María (2008) y A la luz del amanecer (2012), además de infinidad de cuentos, ensayos, artículos periodísticos poesías y hasta crónicas de viaje, género en el que destacó ampliamente. Ángel de Ocangate (1982) es uno de sus cuentos más celebrados, poseedor de una carga simbólica y un lenguaje poético que asombra por su fluidez y profundidad. Aquí les dejamos un breve extracto, para que lo compartan con sus alumnos y colegas:

"Sea como fuere esa imagen de forastero enajenado y mudo, que se difundió con gran rapidez, redundó en beneficio de mi libertad, porque no ha habido gobernadores ni varayocs que me detuvieran por deambular como lo hago. Compartían más bien esa mezcla de sorpresa, temor y compasión que experimentaban frente a mí sus paisanos. Sobre unos y otros pesaban, además, creencias ancestrales, por cuya virtud mi “locura” adquiría una dignidad casi sobrenatural. ¡Mi demencia! No me ha incomodado, en ningún momento, el rumor que al respecto se expandió, pero de cuando en cuando me asediaba la duda. ¿Y si a pesar de todo era verdad aquello? ¿Si realmente fui danzante y lo olvidé todo? ¿Si alguna vez tuve un nombre, una casa, una familia?" (Ángel de Ocangate, Edgardo Rivera Martínez, 1982).

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